Trata de blancas en Argentina

Ziwi Migdal: filman la historia de la mafia polaca en la Argentina

Será sobre Raquel Liberman, la mujer cuya denuncia terminó con la prostitución legal. El filme se basará en “La Polaca”, novela que cuenta su vida y lleva cuatro ediciones.  Raquel Liberman murió el 7 de abril de 1935 de un cáncer de garganta, tenía 35 años, dos hijos pequeños y la ilusión de volver a Polonia para rehacer su vida. Hasta la publicación de La Polaca, una novela de la escritora Myrta Schalom editada por Norma en 2003, muy poco se sabía de Raquel, una mujer valiente —no “una mujer de vida airada”, como decían los diarios de entonces— que en 1929 denunció ante la Justicia a la Zwi Migdal, la red de polacos judíos tratantes de blancas. Esa denuncia terminaría desarticulando a partir de 1936 la prostitución legal en la Argentina, donde operaban redes francesas, polacas, italianas y españolas. Ahora la historia de Liberman será llevada al cine por Daniel Burman, premiado en el último Festival de Berlín por El abrazo partido. Schalom, que ya está trabajando en el guión junto a Burman, lo resume así: “Raquel no eligió ser lo que era, estaba esclavizada en un prostíbulo. Tenía miedo por la vida de sus hijos. Como muchas otras, había sido engañada por un rufián con la promesa de matrimonio y amenazada después. Intentó salir de ese mundo como pudo”.  Daniel Burman se interesó en la novela porque “entiende el drama de Raquel desde la perspectiva moral de su tiempo, es una mirada femenina, no feminista. Raquel tenía que negar que era madre, para cuidar el futuro de sus hijos. Cuando es engañada una y otra vez por los rufianes, su única salida es denunciarlos. La novela revela también como la comunidad judía luchó contra los rufianes. Rompe con la mirada del nacionalismo antisemita de la década de 1930 sobre este tema”.   Se puede decir que la ficción sobre Raquel Liberman y su vida real “buscaron” a la escritora, para culminar en esta novela de 330 páginas que Myrtha Schalom escribió de un tirón en el año 2000. Es que en 1992 se le acercó a Schalom una nieta de Raquel luego de ver un programa de televisión “donde yo hablaba de la Zwi Migdal y mostraba una foto que le permitió descubrir a su abuela. Ella me trajo cartas, el pasaporte y más fotos”. Schalom, que es autora teatral, investigaba el tema desde el año 1986.   Del encuentro con la historia real de Raquel Liberman surgieron detalles significativos. Por caso, Liberman había llegado realmente a la Argentina en 1922 con dos bebés, era costurera, sabía leer y escribir. Aquí se encontró con que su primer marido, un sastre, había muerto y ella estaba en la miseria.   Como las redes francesas, italianas o españolas, la Zwi Migdal —-que funcionaba bajo la pantalla de una sociedad de socorros mutuos, la Varsovia— unía códigos mafiosos de familia, impunidad y silencio.   “Es muy posible que Raquel llegara al prostíbulo a través de su cuñada, que tenía un negocio de lotería y era miembro de la Zwi Migdal. La red llegó a tener más de 400 socios, 2.000 prostíbulos y 3.000 mujeres”, cuenta Schalom. El 27 de setiembre de 1930 se dictó el procesamiento de 108 de los socios de la Migdal, pero en enero de 1931 fueron liberados.

No es, por cierto, una actividad delictiva reciente y desconocida. Por el contrario, la trata de blancas está afincada en la Argentina desde hace más de un siglo. Pero ahora comienza a tener características alarmantes y, por lo tanto, sería muy positivo que las autoridades se preocupasen por hacerle frente en medida proporcional a esa preocupante situación.

Por sus particulares características es un aberrante delito, tan antiguo como el mundo civilizado. Conceptualmente es definido como el tráfico de mujeres -de cualquier raza u origen- atraídas a centros de prostitución para explotarlas, generalmente con privación de su libertad. Es probable que esa denominación se remonte a los tiempos en que también existía el tráfico de esclavos y tuviese por objeto diferenciarlos.

Desde hace un tiempo a esta parte, en nuestro país se produjeron, en especial en el norte argentino, desapariciones de mujeres nativas y algunas turistas extranjeras. Es de sospechar que muchas han sido secuestradas y puestas a trabajar en condiciones infrahumanas. No en balde, después del de las drogas y las armas, el de blancas está tercero entre los tráficos ilegales más lucrativos.

Tan cruel realidad es conocida por los dolorosos relatos de mujeres que han logrado huir del confinamiento degradante en que se las mantenía. El representante de la Organización Internacional para las Migraciones estimó que el 30% de las muchachas paraguayas cautivas de ese vil comercio se encuentra atrapado en La Plata y su área de influencia.

También son conocidos los casos de peruanas, guatemaltecas y bolivianas que fueron atraídas y engañadas mediante la oferta de trabajo en nuestro país, para lo cual firmaron algún tipo de contrato de préstamo o similar, que documenta el dinero adelantado por el rufián que favorece el ingreso en la Argentina. Una vez consumado el traslado, las mujeres así engañadas son secuestradas y les sacan los documentos, aduciendo que tienen que trabajar prostituyéndose para pagar la deuda. En muchos de estos episodios, han sido encerradas en prostíbulos estrechamente vigilados, donde por cualquier nimiedad son sometidas a castigos violentos o a multas pecuniarias, se les descuenta la comida, etcétera, de modo que nunca llegan a pagar su deuda y siguen sometidas a perpetuidad o hasta que a sus carceleros se les antoja.

Se sabe que los traficantes no sólo “importan” mujeres provenientes del exterior sino que, además, las reclutan aquí para abastecer casas de lenocinio del exterior. Interpol, por ejemplo, descubrió una red dedicada a tan repugnante negocio y ello permitió rescatar en España a 25 mujeres, vendidas como ganado en pie, de las cuales 19 eran tucumanas.

El Departamento de Estado de los Estados Unidos dio a conocer un documento según el cual la Argentina es un país de destino para la trata de hombres, mujeres y niños, con fines de explotación sexual y trabajo forzado. El mencionado informe nos coloca en una categoría que agrupa a aquellos países donde el problema existe, pero cuyos gobiernos se esfuerzan por revertirlo. El embajador estadounidense ha dicho que en nuestro país la trata de seres humanos no es un delito específico. Sin perjuicio de que ello no sería estrictamente así, pues el Código Penal Argentino establece: “El que promoviere o facilitare la entrada o salida del país, de una mujer o un menor de edad para que ejerzan la prostitución, será reprimido con prisión de 3 a 6 años”, sería conveniente que nuestra legislación fuese actualizada según los tratados internacionales, incluyendo a todo tráfico humano forzado o engañado, cualquiera fuere su destino final.

Tampoco debe olvidarse que el “Convenio para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena”, aprobado por la asamblea general de las Naciones Unidas, considera que el delito se comete aun si la persona objeto de la trata ha dado su consentimiento. Con ello se procura sancionar a quienes se aprovechan de las diferencias económicas con los países desarrollados, la falta de trabajo y la necesidad de supervivencia de muchos seres humanos.

Esta delicada cuestión exige la máxima colaboración entre los países, a niveles tales como los que en su época requirieron la lucha contra la esclavitud o la piratería, o, más recientemente, el terrorismo y el narcotráfico. Que existan y sean medianamente conocidos y ubicables burdeles convertidos en prisiones para sus ocupantes, es una ignominia que ningún Estado puede tolerar. Muchas veces, los políticos y la policía conocen estas detestables realidades y, por un motivo u otro -entre ellos, el enquistamiento de la corrupción-, hacen la vista gorda. En un caso reciente, ocurrido en José C. Paz, dos víctimas que lograron escapar de sus tenebrosos captores, tuvieron que recorrer tres comisarías antes de que les tomaran la denuncia.

Es imprescindible, pues, una campaña nacional, con extensión internacional, acerca de este lacerante problema. Esa intervención honda y decidida debería abarcar, todos sus aspectos económicos, sociales, éticos y jurídicos, y estar animada por la decisión política de llegar a una solución eficiente y duradera. No hay justificativo alguno para que en nuestro país siga existiendo un tráfico tan degradante como el que promueve y alimenta la explotación de la mujer con fines sexuales.

Para entender de que se trataba esta mafia:

La organización criminal Zwi Migdal era una mafia judía dedicada a la trata de blancas. Extraían mujeres de los shtetls más pobre de Europa Oriental. Funcionó entre 1860 y 1939. Era una organización muy grande. Tenía 400 miembros en la Argentina en los años 30. Nunca hubo en la Argentina una banda de esas dimensiones. Al pasar del siglo XIX al XX, tuvo beneficios anuales de 50 millones de dólares de entonces. La matrópoli de esta orga criminal fue la ciudad de Buenos Aires, desde dpnde operaba hacia Brasil, Varsovia, Sudafrica, India y China. Tenía varias sucursales en el Interior de la Argentina. En la década del 20, tenía 430 cafishios, 2.000 prostíbulos y 4.000 prostitutas esclavas. Pero la Zwi Migdal tenía como lema ‘el orden, la disciplina y la honestidad’. La organización se llamó originariamente ‘Varsovia Judía Mutual Aid Society’, pero el 7 de mayo de 1906 pasó a llamarse Zwi Migdal. El nombre se debía a Luis Migdal, fundador de la orga. Traían niñas y mujeres muy jóvenes principalmente de los jewish shtetls – aldeas gheto – de Polonia y Rusia. Compraban mujeres haciendo un anuncio en la sinagoga, para que vinieran a trabajar a casas de judíos ricos de la Argentina. Los propios padres entregaban sus hijas. También se casaban los rabinos con chicas de los shtetls pero era una ceremonia sin rabino, denominada ‘stille chupah’. A veces utilizan rabinos o falsos rabinos. Las chicas tenían entre 13 y 16 años. venían embaladas en una bolsa hasta el puerto y luego las destapaban y las subían al barco. En Buenos Aires había un prostíbulo de 60 a 80 mujeres. La mayoría de los piringundines de la Migdal estaban en calle Junín. En 1885 se formó una organización judeoargentina denominada ‘Asocación para la Protección de Mujeres y Niñas’. Los zwi migdal trataban de ser aceptados por la colectividadm haciendo donaciones para las sinagogas y el financiamiento del culto. El sionista Nahum Sorkin echó a un cafishio judío de un teatro de la colectividad, luego se los echó de las sinagogas y más tarde se les prohibió ser sepultados en el cementerio judío. Hubo una interna y se produjo una escisión denominada Ashkenazum. La dirigía Simón Rubinstein. Raquel Liberman, una mujer polaca nacida en Lodz, los denunció. Operó la investigación un funcionario policial llamado Julio Alsogaray, y el juez Rodríguez Ocampo los condenó. en setiembre de 1930 hubo 108 detenidos. Los cafishios detenidos apelaron y luedgo el Ministerio de Justicia soltó a todos, mernos a 3. Deportaron los afishios al Uriuguay, pero luego volvieron a Buienos Aires.

La novela de Schalom, que va por la cuarta edición y vendió ya 6.000 ejemplares, fue presentada en la AMIA en 2003. “La colectividad recibió bien mi obra, porque queda muy claro que todas las instituciones judías, empezando por el rabinato y el periodismo comunitario, combatieron a los rufianes. Ellos y sus familiares eran los tmeim, los impuros. Nunca pudieron ser enterrados en los cementerios comunitarios, los echaban de las sinagogas y los teatros. Esta actitud de marginar a los impuros fue típicamente judía. Otras comunidades, como los franceses, no hicieron lo mismo aunque la mafia de Marsella era tan poderosa como la Zwi Migdal”, cuenta la autora de La Polaca. Además de los libros de Gerardo Bra y Andrés Carretero, se escribieron muchos otros sobre la Zwi Migdal desde que en 1933 el comisario Julio Alsogaray publicó su Trilogía de la trata de blancas, un texto que abunda en expresiones antisemitas. Un periodista francés, Albert Londres, había publicado en 1927 El camino de Buenos Aires ocupándose de sus connacionales. Pero a Myrtha Schalom le preocupaba el olvido de su heroína, Raquel Liberman, una mujer decidida sobre la que nadie habló durante demasiados años.

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